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Fernando Bayón

«Las organizaciones culturales no deberían olvidar que el desarrollo de públicos o es un asunto político concernido críticamente por la generación de un vínculo comunitario o se trata en realidad de una cuestión de favorecimiento del consumo, por muy revestidas de interés social que puedan venir las medidas de gestión, comunicación y márquetin.»

Hiperconectados y, a la vez, fragilizados, con un gusto cada vez más afinado para la eventualidad social, pero más suspicaz frente a cualquier relato de comunidad, los espectadores necesitan volver a conectar con la “vida pública” que se esconde en el interior de ese viejo invento llamado “público”. Necesitamos las artes escénicas para pensar otra vez, especialmente esta vez, cuál es el sentido del vínculo comunitario, qué faltas estamos dispuestos a compartir, qué dones nos atrevemos a recibir del igual desconocido.

Necesitamos la escena, al menos una escena, en que representarnos críticamente los valores y riesgos políticos que están en juego por debajo de la inmediatez y la emotividad de la experiencia estética. Sin duda, proliferan hoy las “comunidades” de espectadores online, pero en demasiadas ocasiones como foros virtuales en los que concurren subjetividades orientadas bien hacia la precipitación de juicios gobernados por el lenguaje binario del like/dislike, bien hacia el fragor de un consumo al que solo parece legitimar su carácter ostensible.

Quizás por ello, las prácticas comunitarias inspiradas por las artes escénicas están montadas cada vez más sobre la exacerbación de la experiencia: el paradigma experiencial lo atraviesa todo -bonos de fidelización para eco-cruceros o menús gastronómicos con maridajes de vinos del marco de Jerez-, también muchas propuestas escénicas en que la espectacularidad de lo “híbrido” y lo “multidisciplinar” disimula el miedo a poner alguna verdad políticamente fuerte en circulación.

En sociedades en que la violencia administrativa progresa al margen de consensos cívicos rotundos, el arte parece temer más que nunca al conflicto. En tiempos en que se habla de la pluralidad, la inclusión y la democracia culturales como apoyándose sobre blandas muletillas retóricas, la escena ha de resistirse a apaciguar estéticamente cualquier fórmula (potencialmente) eficaz de disenso. El conflicto se ha instalado estructuralmente en esferas en que se vuelve rutinario igual que un titular de periódico (para suscriptores), y desaparece de esos otros espacios del arte en que podría y debería estallar de manera crítica, arriesgada y productiva. Las formas lenitivas de un arte que desea (re)compensarnos por la crispación generalizada suponen, en realidad, la muerte de la antigua sagacidad política de la escena, de sus incómodos poderes para escrutar nuestras deudas.

Hoy el estrés del no-público, la fiebre del “audience development” y una precariedad profesional que desea ser redimida mediante la última algoritmia del ticketing, parecen presionar para que la gestión cultural coloque al espectador, por fin o de nuevo, en el centro de la función. Pero este protagonismo, con sus programas adláteres de diversificación, consolidación o creación de “públicos”, no debería hacernos olvidar que el desarrollo de públicos o es un asunto político o se trata nada más que de una cuestión de favorecimiento del consumo, por muy dignamente camufladas de interés social que puedan venir las actuales escolásticas de comunicación y márquetin.

La intrascendencia política de las artes escénicas no se debe a ninguna negligencia de la “profesión”, de sus escritores, productores, directores, actores o programadores, sino a la deslocalización de esa escena de un centro social que ya nos resulta imposible de representar: los edificios de nuestros teatros conservan la monumental centralidad que la arquitectura civil del XIX –con su pretenciosidad neoclásica- les reservara en la trama urbana; pero lo que ocurre dentro de esos edificios está socialmente periferizado y políticamente desinvestido.

Hay un olvido contra el que ha sido difícil luchar porque su objeto, de puro evidente, ha sido el políticamente más desatendido, invisible a fuerza de estar presente durante milenios: el olvido de esa dimensión pública de nuestras vidas que se guarda, muy precariamente, en el fondo de cada uno de nuestros ensayos como público.

Etorkizunerako Mezuak:
Fernando Bayón: «La manera de cómo se está desarrollando la gestión de públicos tiene un sesgo deprimente»
«El arte siempre ha suscitado algunas preguntas que de otro modo la sociedad no se haría» «Sentarse en una silla al lado de un desconocido, que tiene la misma pasión, es mágico»
«La escena ha ocupado los vacíos que la crisis del sistema ha ido dejando»

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